La letra pequeña

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“Claro que aquí no termina  la inspiración que uno pueda tener. Influyen, creo, otros muchos factores que, a veces sin querer, condicionan, para bien o para lo contrario, la predisposición e influencia que algo, concreto o abstracto, ejerza realmente, a veces sin ser consciente, la facultad de escribir. Y de disfrutar escribiendo. En mi caso ha ejercido una gran influencia, tardía pero efectiva, mi incontrolable afición a la música clásica. No sabría explicar la razón, no tengo ninguna certeza, pero me posee el prurito de que la música ha constituido un estímulo catalizador para adentrarme en la literatura. Es sorprendente, sin duda, pero así lo veo.”

Jesús Sanz Perrón


 

Paré frente a su casa —una casa elegante, señorial, y hasta singular diría yo—, en el barrio de Salamanca. Ya se disponía a salir del coche cuando se volvió un momento: “Gracias, Toni, por haberme invitado, lo he pasado muy bien” —dijo, y al oírla, sentí que algo me revoloteaba en el estómago y como un escalo- 41 La letra pequeña frío que me puso la piel de gallina. “Hasta otro día”. La sujeté por el brazo y la atraje hacia mí intentando abrazarla. “¿No me vas a dar un beso de despedida?” —dije, como suplicando. Nuria no respondió a mi pregunta. La abracé al cabo con fuerza y busqué su boca. Nuria se resistió con alguna energía; por fin cedió y nuestras bocas se juntaron. Al fin Nuria logró desasirse, la miré en silencio sin decir nada, quizá pensé que se rompería el hechizo si pronunciaba una sola palabra. Nuria no dijo nada, quedó paralizada, como esperando. Reaccioné al cabo y la abracé de nuevo mientras Nuria permanecía quieta, como petrificada, esperando. Y entonces comprendí que ya no tenía que esperar; en seguida quise refugiarme en sus besos, ahora prolongados e intensos, casi con ansia. Acaricié su cara y su cuello. Después quise recorrer con mi mano su cuerpo y en seguida alcancé las curvas de sus pechos turgentes, y su vientre, liso y suave. Continué, acariciándola toda, hasta el umbral de su pubis, que intuí bien poblado, rodeé los flancos como en una operación estratégica hasta aventurarme, tímidamente y temblando, por el centro. Nuria, sin oponer resistencia, recibía mis besos y me entregaba los suyos sin solución de continuidad. Por un momento sentí que Nuria se estremecía mientras gemía cerca de mi oído, como en un susurro: “¿Sabes una cosa, Toni?” No pude responder, la emoción me impedía articular una palabra. “Ahora te conozco”, dijo, balbuciendo, mientras dejaba una mano sobre mi sexo. Maniobró un instante con decisión y habilidad hasta lograr cogerlo y acariciarlo. Prosiguió al cabo de unos segundos con más energía mientras yo me sentía indefenso ante aquel ataque insistente. Continuó Nuria en tanto que yo, inerme y casi desarmado, le dejaba hacer sin protestar, sin hablar, hasta que con la urgencia del momento 42 Jesús Sanz Perrón saqué el pañuelo blanco de la paz y allí acabó de consumarse mi victoria, que era también la victoria de Nuria. Una victoria compartida, sin vencedores ni vencidos. Repuestos ambos al cabo después de unos minutos de agitación y sin resuello casi, y recuperada la normalidad respiratoria, Nuria intentó abrir la puerta del coche. La retuve aún unos segundos. —Ahora nos conocemos mucho mejor, Nuria, pero yo me voy a sentir muy mal si no nos volvemos a ver —dije sinceramente, todavía excitado. —No sé si mientes, Toni, pero es tu problema —dijo tan tranquila y se dispuso a salir del coche. Salió al fin y yo tras ella. —Mío y de Nela, Nuria; y tuyo también, Nuria. No me digas que esto debe acabar aquí, esta noche, de esta manera — dije mientras la sujetaba por los brazos y la miraba fijamente. Ella me miraba también en silencio. —Tienes razón, Toni, pero yo no puedo hacer nada — admitió, impotente—. En otras circunstancias lucharía con todas mis fuerzas, pero está Nela por medio. Y no quiero hacer nada que pueda herirla —me sentí conmovido por la sinceridad de Nuria. —¿Sabes, Nuria? Nunca pensé que pudiera sucederme algo parecido pero, qué quieres, así ha sido. Me he enamorado de ti. Sí, Nuria, no me mires así, te lo prometo —le dije con vehemencia y no disimulaba en absoluto. —Sólo puedo decirte que te quiero. Adiós, Toni, estás loco —dijo, sonriendo, a modo de despedida, y me besó en la mejilla. —Pero Nuria… —y no pude continuar. Se marchó corriendo y entró en el portal. Me quedé mirándola hasta que se perd….


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Jesús Sanz Perrón http://wp.me/p39gzz-1NJ

Daguerrotipo http://wp.me/p39gzz-1O8

La letra pequeña http://wp.me/p39gzz-1Or

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