El más bello relato

En órbita, solo y alejado, es como se crea el más bello relato.
—Cierra los ojos, no me ves, ábrelos y fúndete, ya estás dentro,
llegan los anhelos.
El faro del puerto ilumina las letras que piden reclamo y se pierden,
entre imágenes  para locos visionarios.
Amarres y anclas te desembarcan en varios puertos y lugares,
momentos que en tu piel, quedaran grabados con puñales.
Una leona cuidaba de sus cachorros en lecho de ramas,
una madre entregaba su pecho, para alimentar la camada.
Rey de la sabana que cuida de su manada, como padre que llena de risas y te despierta,
en fresca mañana.
Vieja sabia, que bien marcaba las zancadas, sabía de todo y de nada,
razón tenía, vida vivida.
Joven tonto ignorante, que te creías piloto al volante, sin ver las líneas continuas,
las que marcan las ruinas.
Magia con flecha hechizará tu corazón recién llegado, y la musa de aquel pintor,
entregará la llave, que abrirá ese tallado portón.
Anillos sellarán aquello que la magia creó para ello, y en su mirada veras el destello,
de un tazón caliente, dulce azúcar entre los dientes.
De un huevo saldrá el polluelo, repicando por el suelo, y con el tiempo desplegará sus alas,
para encontrar verdes aguas.
De nuevo recordarás a la vieja sabia, que bien marcaba las zancadas,
para ella todo eran detalles, de una historia pasada.
El reloj ya no para, sus varillas marcan alabanza, cualquier hora marcada fue la buena,
pues feliz eres cuando sueñas.
Sopla el viento ensalzado tu aliento, que dio brillo, para expresar estos momentos,
ya pronto serás polvo, ya eres tu ese viejo sabio.
El más bello relato

David Golden Sunrises (Almoines , Valencia )

La rosa más sevillana

En lo más profundo del más castizo sur tenía (y en ocasiones, todavía tiene) lugar un modo de vida anacrónico, obsoleto, que si bien se caía por su propio peso, ninguno de los que así se habían acostumbrado a existir estaba enterado o se preocupaba por esta situación.

Era una población minera y agrícola, provincia de Sevilla, de costumbres sencillas y sin más horizontes que los lindes de su pueblo si no era estrictamente necesario. Se conformaban con desarrollar sus físicos cometidos hasta tener lo suficiente para comer y tener descendencia, con puntuales aderezos que iban en todas las ocasiones de la mano del vino, del cante y del baile, estando estos dos últimos impregnados de  eso que llaman “duende”.

En casa del tejero de este lugar, un calé de vida paya, nunca nadie podría imaginar que crecería la flor más bonita de toda Andalucía. La mayor de doce hermanos, con una cabellera clara y ensortijada sobre su espalda, fuerte pero huesuda, con una piel blanca como el nácar y suave como los pétalos que estampados decoraban todos sus vestidos. De unas manos menudas, agrietadas del uso que requiere sacar adelante a una larga y hambrienta prole de hermanos de los que tuvo que hacer de madre sin tocarle. Tenía un brillo en los ojos, que no titubeaban ni ante el dolor de la guerra que habían visto. Le pusieron un nombre que casi parecía haberse inventado para ella, pues Gracia era y una gracia del mismo Dios les parecía a todos los que la habían oído reír alguna vez.

Tan linda era la muchacha que hasta el Padre Julián, que añejo y viajado, había visto más caras que cualquiera del pueblo, tornaba su siempre serísimo semblante, sin poder evitarlo, en un rostro con ojos entrecerrados para aguzar la vista y con los dientes sobre el labio inferior, al tiempo que musitaba “Qué niña más bonita”.

Ilustración de Alberto Soto

Ilustración de Alberto Soto

Poco más que para oír misa salía Gracia a la calle, pues estaba tan ocupada cuidando de su familia, que jamás pisó la escuela. De hecho eran tan pocas las veces que se dejaba ver, que ningún hombre se atrevía a rondarla por miedo a espantarla y no poder volverla a contemplar.

Cierto día de soleada primavera, se encontraba sacudiendo el polvo de una alfombra en su ventana, canturreando una coplilla que le había oído a su madre, cuando el único que reunió el valor para cortejarla la vio por vez primera. Es un momento que si bien ambos recordarían toda su vida, fue tan intenso como fugaz, apenas un cruce de miradas.

Desde ese mismo momento, el mozo se juró que no descansaría hasta tener la oportunidad de dirigirse a ella. Y así, “El Ruso”, como lo llamaban por lo alto y por lo rubio, se presentó día tras día, después de salir de una larga y durísima jornada en la mina, en la puerta de la casa en cuya ventana la había visto por primera y última vez. También se molestó en preguntar por ella a sus compañeros de trabajo, vecinos de la muchacha, consiguiendo de este modo averiguar que no salía casi nunca de casa, que sólo se la veía por la iglesia y siempre flanqueada por sus padres y hermanos, que trabajaba mucho y hasta consiguió saber su nombre. Así, el mozo descamisado y lampiño, esperaba y esperaba, siempre mirando hacia la ventana hasta que oscurecía.

En estos amplios tiempos de espera, mientras trabajaba o… Definitivamente en cualquier momento del día, pensaba en ella y daba vueltas a su cabeza atormentándose, buscando qué podría decirle cuando lograse verla. Al cabo del tiempo, con las cortinas de aquella ventana que continuaban sin abrirse ante sus ojos, le vinieron unas palabras inspiradas en un rizo y media nariz que en una ocasión consiguió verle un afortunado domingo en la puerta de la capilla. Éstas comenzaron a repetirse en su cabeza, era la mejor opción que se le había ocurrido para dirigirse a su amada.

Entretanto, Gracia, ajena a las vicisitudes del joven minero que la aguardaba en su puerta, seguía trabajando sin descanso día y noche, bella como siempre pero triste como nunca, pues día a día observaba cómo sus hermanos sí habían tenido la oportunidad de ir a la escuela a cambio de su propio sacrificio y en detrimento de su felicidad. No concebía ninguna salida posible de su situación,  y creyéndose condenada por el destino a jamás salir del bucle que era su existencia, aprovechaba cualquier posibilidad de esconderse para estar sola y amarga, llorar.

Por fin, en una tarde de verano, cuando rozaba El Ruso  la desesperación y el Sol parecía estar lanzándole ascuas sobre la frente, la ventana se abrió, se abrió como se deben abrir las puertas del cielo, y tras un instante inevitable de impresión, anonadamiento y un hasta un poco de miedo, el minero enamorado se puso por estandarte el coraje y la llamó por su nombre con la viveza de quien se niega a perder la oportunidad de su vida.

–          ¡Gracia! ¡Gracia! ¡Asómate,  por mi vida, asómate!

Cuando hubo captado su atención y sus ojillos pardos se habían entornado ante tales gritos, soltó aquello que tantas veces se había repetido en su cabeza: 

–          Al Sol y a la Luna le he prometido que por mi vida no dejo que la chiquilla más hermosa se pegue la vida entera trabajando sin saber que aunque ella no me quiera ¡No me moriré tranquilo hasta decirle, que me tiene loco de amores!

Aunque sonaba mejor en su cabeza, consiguió que le escuchase y no sólo eso, sino que además, ella se ruborizó y como la adolescente decente y nada acostumbrada a tales atrevimientos que era, soltó una risilla floja y corrió a meterse dentro de su casa.

Tras tantas horas debajo de esa ventana, se había quitado un peso de encima, cumpliendo el juramento que se había hecho a sí mismo y no solo eso, sino que además, se había quedado con una inefable sensación de felicidad que le provocaba el recuerdo de una sonrisa que no se le quitaba de la cabeza. Ella le había escuchado y para él, que humilde, no tenía pretensiones más ambiciosas, era suficiente.

Sin embargo, cuando ese mismo domingo, la hija del gitano tejero le dedicó un nuevo rubor de sus mejillas y una tímida mirada, supo que no podría dejar de esperar bajo su ventana hasta que fuera suya.


Ismael Piazuelo

http://lagacetadelpiamonte.com/


Estación abandonada (Segunda parte )

Roberto Cabral

Roberto Cabral

(Si te perdiste la primera parte pincha aquí: http://wp.me/p3U19M-JE )

 

Ellos no solo lo ven, sino que lo sienten, porque les duelen los dedos de tantos mineros que dieron a las fauces de las miles de otras locomotoras alimentos , crepicantes y calientes para el estómago del continente ilustrado que todo lo engulle, porque en este preciso instante, el viento hace crujir las ventanas de las estaciones berlinesas, o mueve la niebla en la estación de Austerlitz en París, o silva a un ritmo frenético en la estación de Florencia. Quique escucha ese viento que recorre el continente mientras oye y ve las voces desperdigadas con los ojos cerrados por todo el continente.

 

Sigue la sinfonía aritmética que la noche escucha en su único fondo sonoro dentro de sus oídos, nada se ve dentro de la estación vacía, y en cambio todo habla. Allí en un inmenso tema metálico las tramoyas de acero siempre paralelas a ras de tierra llevan sus compases a todas las penínsulas y a todos los confines, porque el misterio cruza las fronteras sumando melodías, como la que ocupa a nuestro protagonista, que puede volver a escuchar de nuevo sin recordarla al poco tiempo. Es apoteósico porque están en un plano de la tierra donde oyen las factorías y las montañas de bobinas que construyeron las locomotoras, recitan el himno de la primigenia riqueza, la de los albores de las naciones, la riqueza del sometimiento de la naturaleza para explorar nuevas tierras, la que se pisa por primera vez y se siente plena debajo de los pies.

 

Pero a nuestros amigos allí sentados, en silencio con los ojos cerrados y fantaseando con largos viajes, algo les atrae la atención, un blues que suena a lo lejos, tal vez de alguna ventana lejana, o un grupo de mendigos que viene a dormir a rotos vagones abandonados. No lo saben. Pero el viento lo trae y son muy libres de imaginar en esta noche. Allí mudos dicen que es un buen sitio para beber, para charlar sin pensar el que, para escuchar aquella música o para recitar un largo poema homérico. Porque allí, frente a lo que creen ver como sombras, se imaginan un gran puerto, lleno de naves que arrastran como grandes gusanos sus cargamentos. Cruzándose en destinos, descargando, en sincopado movimiento, porque el mar es la tierra, y los peces sus hombres, y los edificios sus escollos. Y los trenes musicales las naves surcando el agua.


Imagen: Roberto Cabral Castañeda
 
Texto: EljovenQuevedo @theyoungQuevedo  (twitter)  http://elhpc.blogspot.com.es/