Estoy seguro de que me va a tocar volver a hacer que me da igual que te dé igual. Luego hará frío y la ventana de mi habitación se llenará de vaho y yo intentaré escribir mi nombre, pero no tendré espacio para la última letra porque ya olvidé como era eso de hacer las cosas bien, de complementar lo que me ha dejado incompleto. Y a lo mejor algún día dejaremos de depender de que personas que ya no nos necesitan. Olvidar es como evitar no intentar ser feliz constantemente. Es una contradicción como que el pasado guarda las peores cicatrices y los mejores momentos, y es inevitable mirar hacia atrás sin arañarse y sonreír en el intento. La solución sería la que pudieran darnos otras manos que aferradas a nuestro cuerpo nos hicieran sentir salvavidas pero empiezo a pensar que la salida más cercana es dejar la esperanza cuanto antes y que venga lo que tenga que venir, con tal de que nadie vuelva a irse sin nosotros. O con todo lo nuestro. Y es que no se puede hablar de nostalgia sin haber colgado un teléfono que ya no va a volver a sonar, ni se puede describir el miedo a perderlo todo sin haber estado cerca de perderlo. Qué dilema, como cuando descubrí que estabas más cuando te ibas. Y, por supuesto, que hubo más caricias que palabras vacías, igual que sus dibujos siempre fueron mejores que mis letras. Pero claro, el problema llega cuando uno sólo quiere recordar ciertas cosas y el otro no sabe ni qué tiene que olvidar. He acumulado todos nuestros insomnios. Me he quedado con los envoltorios de regalos que nunca nos hemos hecho. Y me tengo que guardar las ganas de todo lo que íbamos a hacer. Es una putada.

Me da pena perder lo que había antes de que todo empezara, pero ya no hay nada que hacer. Si tengo tres puntos suspensivos colgados en la pared y sólo se caen dos, la pared sigue siendo pared, pero ya no hay nada que no se tenga que acabar.

 


Alejando Segura Ciudad: Puebla (México) “Entre tus blancos y mis grises”.

La rosa más sevillana

En lo más profundo del más castizo sur tenía (y en ocasiones, todavía tiene) lugar un modo de vida anacrónico, obsoleto, que si bien se caía por su propio peso, ninguno de los que así se habían acostumbrado a existir estaba enterado o se preocupaba por esta situación.

Era una población minera y agrícola, provincia de Sevilla, de costumbres sencillas y sin más horizontes que los lindes de su pueblo si no era estrictamente necesario. Se conformaban con desarrollar sus físicos cometidos hasta tener lo suficiente para comer y tener descendencia, con puntuales aderezos que iban en todas las ocasiones de la mano del vino, del cante y del baile, estando estos dos últimos impregnados de  eso que llaman “duende”.

En casa del tejero de este lugar, un calé de vida paya, nunca nadie podría imaginar que crecería la flor más bonita de toda Andalucía. La mayor de doce hermanos, con una cabellera clara y ensortijada sobre su espalda, fuerte pero huesuda, con una piel blanca como el nácar y suave como los pétalos que estampados decoraban todos sus vestidos. De unas manos menudas, agrietadas del uso que requiere sacar adelante a una larga y hambrienta prole de hermanos de los que tuvo que hacer de madre sin tocarle. Tenía un brillo en los ojos, que no titubeaban ni ante el dolor de la guerra que habían visto. Le pusieron un nombre que casi parecía haberse inventado para ella, pues Gracia era y una gracia del mismo Dios les parecía a todos los que la habían oído reír alguna vez.

Tan linda era la muchacha que hasta el Padre Julián, que añejo y viajado, había visto más caras que cualquiera del pueblo, tornaba su siempre serísimo semblante, sin poder evitarlo, en un rostro con ojos entrecerrados para aguzar la vista y con los dientes sobre el labio inferior, al tiempo que musitaba “Qué niña más bonita”.

Ilustración de Alberto Soto

Ilustración de Alberto Soto

Poco más que para oír misa salía Gracia a la calle, pues estaba tan ocupada cuidando de su familia, que jamás pisó la escuela. De hecho eran tan pocas las veces que se dejaba ver, que ningún hombre se atrevía a rondarla por miedo a espantarla y no poder volverla a contemplar.

Cierto día de soleada primavera, se encontraba sacudiendo el polvo de una alfombra en su ventana, canturreando una coplilla que le había oído a su madre, cuando el único que reunió el valor para cortejarla la vio por vez primera. Es un momento que si bien ambos recordarían toda su vida, fue tan intenso como fugaz, apenas un cruce de miradas.

Desde ese mismo momento, el mozo se juró que no descansaría hasta tener la oportunidad de dirigirse a ella. Y así, “El Ruso”, como lo llamaban por lo alto y por lo rubio, se presentó día tras día, después de salir de una larga y durísima jornada en la mina, en la puerta de la casa en cuya ventana la había visto por primera y última vez. También se molestó en preguntar por ella a sus compañeros de trabajo, vecinos de la muchacha, consiguiendo de este modo averiguar que no salía casi nunca de casa, que sólo se la veía por la iglesia y siempre flanqueada por sus padres y hermanos, que trabajaba mucho y hasta consiguió saber su nombre. Así, el mozo descamisado y lampiño, esperaba y esperaba, siempre mirando hacia la ventana hasta que oscurecía.

En estos amplios tiempos de espera, mientras trabajaba o… Definitivamente en cualquier momento del día, pensaba en ella y daba vueltas a su cabeza atormentándose, buscando qué podría decirle cuando lograse verla. Al cabo del tiempo, con las cortinas de aquella ventana que continuaban sin abrirse ante sus ojos, le vinieron unas palabras inspiradas en un rizo y media nariz que en una ocasión consiguió verle un afortunado domingo en la puerta de la capilla. Éstas comenzaron a repetirse en su cabeza, era la mejor opción que se le había ocurrido para dirigirse a su amada.

Entretanto, Gracia, ajena a las vicisitudes del joven minero que la aguardaba en su puerta, seguía trabajando sin descanso día y noche, bella como siempre pero triste como nunca, pues día a día observaba cómo sus hermanos sí habían tenido la oportunidad de ir a la escuela a cambio de su propio sacrificio y en detrimento de su felicidad. No concebía ninguna salida posible de su situación,  y creyéndose condenada por el destino a jamás salir del bucle que era su existencia, aprovechaba cualquier posibilidad de esconderse para estar sola y amarga, llorar.

Por fin, en una tarde de verano, cuando rozaba El Ruso  la desesperación y el Sol parecía estar lanzándole ascuas sobre la frente, la ventana se abrió, se abrió como se deben abrir las puertas del cielo, y tras un instante inevitable de impresión, anonadamiento y un hasta un poco de miedo, el minero enamorado se puso por estandarte el coraje y la llamó por su nombre con la viveza de quien se niega a perder la oportunidad de su vida.

–          ¡Gracia! ¡Gracia! ¡Asómate,  por mi vida, asómate!

Cuando hubo captado su atención y sus ojillos pardos se habían entornado ante tales gritos, soltó aquello que tantas veces se había repetido en su cabeza: 

–          Al Sol y a la Luna le he prometido que por mi vida no dejo que la chiquilla más hermosa se pegue la vida entera trabajando sin saber que aunque ella no me quiera ¡No me moriré tranquilo hasta decirle, que me tiene loco de amores!

Aunque sonaba mejor en su cabeza, consiguió que le escuchase y no sólo eso, sino que además, ella se ruborizó y como la adolescente decente y nada acostumbrada a tales atrevimientos que era, soltó una risilla floja y corrió a meterse dentro de su casa.

Tras tantas horas debajo de esa ventana, se había quitado un peso de encima, cumpliendo el juramento que se había hecho a sí mismo y no solo eso, sino que además, se había quedado con una inefable sensación de felicidad que le provocaba el recuerdo de una sonrisa que no se le quitaba de la cabeza. Ella le había escuchado y para él, que humilde, no tenía pretensiones más ambiciosas, era suficiente.

Sin embargo, cuando ese mismo domingo, la hija del gitano tejero le dedicó un nuevo rubor de sus mejillas y una tímida mirada, supo que no podría dejar de esperar bajo su ventana hasta que fuera suya.


Ismael Piazuelo

http://lagacetadelpiamonte.com/


CAMINO DE LA SALVACIÓN

La ciudad que era la vida para nosotros se volvió de una sola calle, sin otras calles que la cruzaran, y con edificios muy altos a los lados, con ventanas muy altas, con fachadas oscurecidas por la suciedad o por la noche. Y debíamos avanzar por ella, porque siempre hay que seguir, con la única luz de una luna pequeña a gran altura, que veíamos difuminada, no sabemos si por la lejanía o porque la taparan neblinas.

Tras tal agitación, quedamos con la expresión de un bebé al que se reflota tras haberlo sumergido en agua, y al cabo teníamos que tratar de recuperar nuestras vidas. Pero cuando quisimos dar la vuelta no había lugar.

Y cuando empecé a crecer, cuando empecé a dejar de sentir la frescura del sol, cuando mis actividades empezaron a oscurecerse al aclararse… Entonces ella empezó a mecerme en sus dulces brazos, consolando y haciendo dulce mi oscuridad, mi claridad adulta, mi falta de claridad, de oscuridad infantil.

Y ahora me quiere hacer creer que no hay nada, que es todo sueño, que todo se ha de esfumar, que ni siquiera sabemos lo que se esfuma, que jamás alcanzaremos conclusiones más allá de que somos ángeles con grandes alas de cadenas. Está carcomiendo mis adentros, está llenando de agujeros los cimientos de mis seguridades mal forjadas. Tan solo me deja los placeres y dulzores de esta vida que  acaso no es sino corredor hacia la muerte.

Mas la esperanza no desaparece y me ayuda a caminar. Sé que mañana me casaré con una mujer que cultivará un jardín, como quería Voltaire, que agradecerá que en la tierra haya música, que descubrirá con placer cada etimología, que con ella jugaré en un café un silencioso ajedrez, que premeditaremos los colores y las formas de nuestra vida, que trabajaremos con responsabilidad aunque tal vez no nos agrade, que leeremos los tercetos finales de cierto canto. Sé que me casaré con una mujer que acaricie a nuestro gato cuando duerma, que justificará o querrá justificar los males que le hagan, que agradecerá que en la tierra haya Stevenson, que preferirá que los demás tengan razón. Sé que el día de mañana, juntos, ignorándonos a nosotros mismos, estaremos salvando el mundo.


Mateo Gandía Barceló (Nantes, Francia)

Explosión (Poema de Jaime Gallego para la ilustración de Luis Hernández Blanco)

Luis Hernández Blanco

Luis Hernández Blanco

 

El núcleo firme pero naranja, como la duda en un semáforo. Corola sin impurificar.La expansión de onda determinará la forma mediante cualquier cálculo matemático. Somos palomitas y explotaremos. Asegurarse de que la bolsa no presenta perforaciones y colocarla en el centro del microondas a la máxima potencia durante tres o cuatro minutos. Recreémonos en el intervalo.

 

Jaime Gallego (Madrid)

LA GRAN UTOPÍA

Nada más utópico que la vida.
¿La vida?
Si, la vida, esa calle de sentido único con final fatal, en la cual no hay marcha atrás,
te parecerá tan real, que cuando quieras darte cuenta, llegará el final,
instante en el cual recordarás; tu miedo, tu complejo, tu neurosis, tu verguenza… a vivir,
y sera ahí, en ese preciso momento, cuando entenderás,
lo utópico que pudo llegar a resultar.

 

Edu Soto Car (Murcia)

http://edusotocar.blogspot.com.es/

Evoluciones

1859, a partir de sus observaciones en Las Galápagos, Darwin determina que el hombre no es más que un episodio en la evolución del mono. Triste papel para el último.
Hoy, nuevamente, repite los juegos de equilibrios en el alféizar, esperando que un tierno ademán resbale el pie y se despliegue una de sus alas. El resultado, algún que otro moretón y unas ganas torpes de volver a intentarlo.
Sigue convencido de que el hombre no procede del mono.
Jaime Gallego (Madrid)