La rosa más sevillana

En lo más profundo del más castizo sur tenía (y en ocasiones, todavía tiene) lugar un modo de vida anacrónico, obsoleto, que si bien se caía por su propio peso, ninguno de los que así se habían acostumbrado a existir estaba enterado o se preocupaba por esta situación.

Era una población minera y agrícola, provincia de Sevilla, de costumbres sencillas y sin más horizontes que los lindes de su pueblo si no era estrictamente necesario. Se conformaban con desarrollar sus físicos cometidos hasta tener lo suficiente para comer y tener descendencia, con puntuales aderezos que iban en todas las ocasiones de la mano del vino, del cante y del baile, estando estos dos últimos impregnados de  eso que llaman “duende”.

En casa del tejero de este lugar, un calé de vida paya, nunca nadie podría imaginar que crecería la flor más bonita de toda Andalucía. La mayor de doce hermanos, con una cabellera clara y ensortijada sobre su espalda, fuerte pero huesuda, con una piel blanca como el nácar y suave como los pétalos que estampados decoraban todos sus vestidos. De unas manos menudas, agrietadas del uso que requiere sacar adelante a una larga y hambrienta prole de hermanos de los que tuvo que hacer de madre sin tocarle. Tenía un brillo en los ojos, que no titubeaban ni ante el dolor de la guerra que habían visto. Le pusieron un nombre que casi parecía haberse inventado para ella, pues Gracia era y una gracia del mismo Dios les parecía a todos los que la habían oído reír alguna vez.

Tan linda era la muchacha que hasta el Padre Julián, que añejo y viajado, había visto más caras que cualquiera del pueblo, tornaba su siempre serísimo semblante, sin poder evitarlo, en un rostro con ojos entrecerrados para aguzar la vista y con los dientes sobre el labio inferior, al tiempo que musitaba “Qué niña más bonita”.

Ilustración de Alberto Soto

Ilustración de Alberto Soto

Poco más que para oír misa salía Gracia a la calle, pues estaba tan ocupada cuidando de su familia, que jamás pisó la escuela. De hecho eran tan pocas las veces que se dejaba ver, que ningún hombre se atrevía a rondarla por miedo a espantarla y no poder volverla a contemplar.

Cierto día de soleada primavera, se encontraba sacudiendo el polvo de una alfombra en su ventana, canturreando una coplilla que le había oído a su madre, cuando el único que reunió el valor para cortejarla la vio por vez primera. Es un momento que si bien ambos recordarían toda su vida, fue tan intenso como fugaz, apenas un cruce de miradas.

Desde ese mismo momento, el mozo se juró que no descansaría hasta tener la oportunidad de dirigirse a ella. Y así, “El Ruso”, como lo llamaban por lo alto y por lo rubio, se presentó día tras día, después de salir de una larga y durísima jornada en la mina, en la puerta de la casa en cuya ventana la había visto por primera y última vez. También se molestó en preguntar por ella a sus compañeros de trabajo, vecinos de la muchacha, consiguiendo de este modo averiguar que no salía casi nunca de casa, que sólo se la veía por la iglesia y siempre flanqueada por sus padres y hermanos, que trabajaba mucho y hasta consiguió saber su nombre. Así, el mozo descamisado y lampiño, esperaba y esperaba, siempre mirando hacia la ventana hasta que oscurecía.

En estos amplios tiempos de espera, mientras trabajaba o… Definitivamente en cualquier momento del día, pensaba en ella y daba vueltas a su cabeza atormentándose, buscando qué podría decirle cuando lograse verla. Al cabo del tiempo, con las cortinas de aquella ventana que continuaban sin abrirse ante sus ojos, le vinieron unas palabras inspiradas en un rizo y media nariz que en una ocasión consiguió verle un afortunado domingo en la puerta de la capilla. Éstas comenzaron a repetirse en su cabeza, era la mejor opción que se le había ocurrido para dirigirse a su amada.

Entretanto, Gracia, ajena a las vicisitudes del joven minero que la aguardaba en su puerta, seguía trabajando sin descanso día y noche, bella como siempre pero triste como nunca, pues día a día observaba cómo sus hermanos sí habían tenido la oportunidad de ir a la escuela a cambio de su propio sacrificio y en detrimento de su felicidad. No concebía ninguna salida posible de su situación,  y creyéndose condenada por el destino a jamás salir del bucle que era su existencia, aprovechaba cualquier posibilidad de esconderse para estar sola y amarga, llorar.

Por fin, en una tarde de verano, cuando rozaba El Ruso  la desesperación y el Sol parecía estar lanzándole ascuas sobre la frente, la ventana se abrió, se abrió como se deben abrir las puertas del cielo, y tras un instante inevitable de impresión, anonadamiento y un hasta un poco de miedo, el minero enamorado se puso por estandarte el coraje y la llamó por su nombre con la viveza de quien se niega a perder la oportunidad de su vida.

–          ¡Gracia! ¡Gracia! ¡Asómate,  por mi vida, asómate!

Cuando hubo captado su atención y sus ojillos pardos se habían entornado ante tales gritos, soltó aquello que tantas veces se había repetido en su cabeza: 

–          Al Sol y a la Luna le he prometido que por mi vida no dejo que la chiquilla más hermosa se pegue la vida entera trabajando sin saber que aunque ella no me quiera ¡No me moriré tranquilo hasta decirle, que me tiene loco de amores!

Aunque sonaba mejor en su cabeza, consiguió que le escuchase y no sólo eso, sino que además, ella se ruborizó y como la adolescente decente y nada acostumbrada a tales atrevimientos que era, soltó una risilla floja y corrió a meterse dentro de su casa.

Tras tantas horas debajo de esa ventana, se había quitado un peso de encima, cumpliendo el juramento que se había hecho a sí mismo y no solo eso, sino que además, se había quedado con una inefable sensación de felicidad que le provocaba el recuerdo de una sonrisa que no se le quitaba de la cabeza. Ella le había escuchado y para él, que humilde, no tenía pretensiones más ambiciosas, era suficiente.

Sin embargo, cuando ese mismo domingo, la hija del gitano tejero le dedicó un nuevo rubor de sus mejillas y una tímida mirada, supo que no podría dejar de esperar bajo su ventana hasta que fuera suya.


Ismael Piazuelo

http://lagacetadelpiamonte.com/


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5 comentarios en “La rosa más sevillana

    • Buenas tardes Francisco,
      en este caso debemos “las gracias” a Ismael Piazuelo (rectifico)por compartirlo con nosotros y a ti por detenerte y comentar…
      Sí. Andalucía…
      ¿Qué tendrá de tan especial esa tierra?
      ¿luz? ¿duende? ¿color? ¿olor? ¿acento?…
      Lo poco que vi me encantó.
      ¿Nos transportamos un rato? (así como en terraza) 😉

      Le gusta a 1 persona

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