CAMINO DE LA SALVACIÓN

La ciudad que era la vida para nosotros se volvió de una sola calle, sin otras calles que la cruzaran, y con edificios muy altos a los lados, con ventanas muy altas, con fachadas oscurecidas por la suciedad o por la noche. Y debíamos avanzar por ella, porque siempre hay que seguir, con la única luz de una luna pequeña a gran altura, que veíamos difuminada, no sabemos si por la lejanía o porque la taparan neblinas.

Tras tal agitación, quedamos con la expresión de un bebé al que se reflota tras haberlo sumergido en agua, y al cabo teníamos que tratar de recuperar nuestras vidas. Pero cuando quisimos dar la vuelta no había lugar.

Y cuando empecé a crecer, cuando empecé a dejar de sentir la frescura del sol, cuando mis actividades empezaron a oscurecerse al aclararse… Entonces ella empezó a mecerme en sus dulces brazos, consolando y haciendo dulce mi oscuridad, mi claridad adulta, mi falta de claridad, de oscuridad infantil.

Y ahora me quiere hacer creer que no hay nada, que es todo sueño, que todo se ha de esfumar, que ni siquiera sabemos lo que se esfuma, que jamás alcanzaremos conclusiones más allá de que somos ángeles con grandes alas de cadenas. Está carcomiendo mis adentros, está llenando de agujeros los cimientos de mis seguridades mal forjadas. Tan solo me deja los placeres y dulzores de esta vida que  acaso no es sino corredor hacia la muerte.

Mas la esperanza no desaparece y me ayuda a caminar. Sé que mañana me casaré con una mujer que cultivará un jardín, como quería Voltaire, que agradecerá que en la tierra haya música, que descubrirá con placer cada etimología, que con ella jugaré en un café un silencioso ajedrez, que premeditaremos los colores y las formas de nuestra vida, que trabajaremos con responsabilidad aunque tal vez no nos agrade, que leeremos los tercetos finales de cierto canto. Sé que me casaré con una mujer que acaricie a nuestro gato cuando duerma, que justificará o querrá justificar los males que le hagan, que agradecerá que en la tierra haya Stevenson, que preferirá que los demás tengan razón. Sé que el día de mañana, juntos, ignorándonos a nosotros mismos, estaremos salvando el mundo.


Mateo Gandía Barceló (Nantes, Francia)

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