Evoluciones

1859, a partir de sus observaciones en Las Galápagos, Darwin determina que el hombre no es más que un episodio en la evolución del mono. Triste papel para el último.
Hoy, nuevamente, repite los juegos de equilibrios en el alféizar, esperando que un tierno ademán resbale el pie y se despliegue una de sus alas. El resultado, algún que otro moretón y unas ganas torpes de volver a intentarlo.
Sigue convencido de que el hombre no procede del mono.
Jaime Gallego (Madrid)

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